Los Nacionalistas arrastran a los necesitados de fantasías, la Constitución resalta el respeto a la Ley

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Ana María Torrijos, licenciada en Filología Clásica. Foto Joseph Azanméné N./lasvocesdelpueblo

Redacción (Ana Maria Torrijos; licenciada en Filología Clásica) – La Constitución resalta la dignidad de la persona, el respeto a la ley y a los derechos de los demás. Los nacionalistas agarrados a sus ancestros de historias edulcoradas, arrastran a los necesitados de fantasías; los populismos alentando el enfrentamiento, la búsqueda del culpable, la raíz de los enconos, pone a la persona al límite del paroxismo. Todos los ciudadanos privados de la voluntad son objeto de la despersonalización más absoluta. San Cugat del Vallés (Barcelona), sábado 17 de diciembre de 2016. Fotografía: Ana María Torrijos, licenciada en Filología Clásica. Foto Joseph Azanméné N./lasvocesdelpueblo

La Constitución de 1978, fue la base legal de la democracia que disfrutamos. Sólo por ese motivo merece valorarla, acatarla y hacerla cumplir.

Las sociedades primitivas aunque no se organizaban entorno a leyes escritas, estatutos, instituciones, sí se regían por rituales, por antepasados totémicos, por concepciones míticas, lo que no les hacía vivir en modo alguno en la anarquía y la confusión.

La racionalidad superó esa primera fase de organización ancestral y abrió poco a poco, con el curso de los siglos, la senda a una relativa estabilidad y seguridad, pero cualquier desequilibrio puede hacer resurgir nuevas hostilidades.

En un momento difícil, de crisis económica y de deterioro institucional, si se suma el empeño de reformar la Carta Magna, nos ponemos en el límite de la libertad personal. Su reforma implica un proceso lento y no es factible que los actuales políticos estén dispuestos a entrar en esa labor algo ardua, lo que sí pueden pretender es maquinar un cambio indirecto que no necesite la aprobación del pueblo en referendo.

La expresión libertad es una de las que más se ha usado y abusado. Muchos la han utilizado para sus intereses particulares, y después de asegurar que ellos la representaban en exclusividad, conseguido cierto poder, era y es una carga de la que se liberan pronto.

El discurso que se emplea está repleto de vocablos mágicos que golpean constantemente sin pretender describir lo que sucede, lo único que interesa es cambiar los hechos y las intenciones.

Las emociones, las pasiones, los sentimientos son estimulados a través de la transformación del lenguaje; la palabra ha perdido su verdadero significado y ha conseguido que la uniformidad colectiva supere la responsabilidad individual.

La estrategia de los que lideran las fuerzas políticas, ha dirigido el afán de alcanzar el poder por las sendas de inhibir en la vida social la participación directa de los ciudadanos. Los nacionalistas agarrados a sus ancestros de historias edulcoradas, arrastran a los necesitados de fantasías; la izquierda prometiendo las más inverosímiles conquistas sociales, se aprovecha de la difícil situación de los más maltratados por la crisis; la derecha por tacticismo y por complejos, renuncia a su ideario abandonando a muchos ciudadanos en el desespero, sin representación a pesar de haber emitido sus votos; los populismos alentando el enfrentamiento, la búsqueda del culpable, la raíz de los enconos, pone a la persona al límite del paroxismo.

Todos los ciudadanos privados de la voluntad son objeto de la despersonalización más absoluta.

El partido, la identidad, la tribu llama a la disciplina pero el hombre si respeta su libertad personal, tiene que ser capaz de resistir la presión que se ejerce sobre él. Hay que empezar a no depender de lo que diga el grupo, hay que empezar a creer en esa “carga” salvadora que es la libertad, hay que conquistarla desempolvando los valores, los ideales éticos, intelectuales, que de un tiempo para aquí la sociedad parece haber perdido.

La Constitución resalta la dignidad de la persona, el respeto a la ley, a los derechos de los demás; es el porqué de la democracia liberal, de la convivencia con los de distinto pensamiento, de distinta fe religiosa, de distintos modos de hacer, de aquellos, de los otros, de los demás.

Un compendio de artículos que aún no se han desarrollado en toda   su amplitud, que se han mal interpretado, que no se cumplen, que se orillan y que en gestos tragicómicos se han quemado entre burlas o aplausos, y que ahora en esta legislatura se han colocado en el centro de la controversia política.

La Ley de leyes, que rescata a la persona frente al poder omnímodo, se utiliza como salvavidas de los políticos mediocres, como diana contra la que lanzar los dardos de la crisis no sólo económica sino también institucional y social, como culpable del “eufemismo ” no encaje catalán.

Son muchos los calificativos sacados del diccionario para dañarla, cuando en realidad ni la conocen, mejor dicho ni la han leído los que con tanto ímpetu la intentan pulverizar. Argumentan su antigüedad para desautorizarla, 38 años de vida, e insisten en reformarla. Y lo dicen quienes están viviendo del erario público desde la transición democrática, ya entrados en años, o quienes obsesionados por llegar a la meta sin previa formación profesional, se creen por su juventud capaces de ocupar las más altas Instituciones del Estado.

Una Cámara legislativa “sui generis”, fracturada en un sin fin de partidos y partidillos, cuyos miembros infringen las normas parlamentarias, un hemiciclo que permite la charanga y pandereta, según decía el poeta, debe afrontar nuestra existencia en común, nuestro futuro y nuestra estabilidad.

El paro, las pensiones, las interferencias políticas en la justicia, la corrupción, el secesionismo, la violencia, la emigración, son algunos de los muchos problemas a solucionar. «La soberanía nacional reside en el pueblo español» (Artículo 1.2), «las Cortes Generales representan al pueblo español» (Artículo 66.1), «Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución» (Artículo 9.1 ). «Los españoles son iguales ante la ley sin que pueda prevalecer discriminación alguna» (Artículo 14); Artículos que hacen imperar nuestras necesidades por ser ciudadanos libres.

No pueden estar los intereses partidistas o de grupo por encima del interés general, de cada uno de los ciudadanos. El despacho en la Delegación del Gobierno en Barcelona para la vicepresidenta del Ejecutivo, señora Sáenz de Santamaría recuerda los salones del hotel Majestic en el inicio de la primera legislatura del señor Aznar, por cierto ambos lugares muy cercanos en el callejero de la ciudad.

Entonces se anularon los derechos de los españoles, de los que viven en Cataluña y en el resto de España, al permitir al nacionalismo imponer su doctrina lingüística totalitaria en la escuela pública y concertada; se privó a todos los españoles de la libertad de elección de lengua vehicular en la enseñanza, ya que la movilidad en todo el territorio nacional desde ese momento fue violentada por infringirse la cooficialidad de las dos lenguas habladas en la comunidad catalana.

Nos podemos plantear ¿Qué concesión tocará en esta ocasión? Los representantes del Estado están al servicio de todos, y con todos están obligados a hablar, a todos deben atender y prestar servicios según señala la legislación.

Durante muchos años el sector más amplio de la población catalana ha sido postergado, ninguneado y olvidado, sólo ha contado en el momento de tributar y de asumir obligaciones, pero nunca se han respetado sus derechos. Una de las funciones del Estado es asegurar el cumplimiento de la ley. Sin ese acatamiento es imposible la estabilidad social y por lo mismo el desarrollo cultural y económico de todos los ciudadanos.

Es el momento de una reacción de derecho, fijar los límites marcados por la ley y respetar la soberanía nacional.

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