Una sociedad con valores

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CATALUÑA (ESPAÑA), AÑO 2017. Vista d ela ultraizquierda, con aire de pacífico demócratas, manifestándose junto a los golpistas en las calles de Cataluña sin ninguna contra-protesta para impedirles manifestarse en Cataluña. Efe

Redacción [Ana Maria Torrijos] – Algunas profesiones que se ejercen durante toda la vida laboral, durante muchos años, dejan un hálito, una huella imborrable en el comportamiento social, lo mece, le afecta, por decirlo con más sencillez. Barcelona (España), sábado 24 de noviembre de 2018. Fotografía: CATALUÑA (ESPAÑA), AÑO 2017. Vista d ela ultraizquierda, con aire de pacífico demócratas, manifestándose junto a los golpistas en las calles de Cataluña sin ninguna contra-protesta para impedirles manifestarse en Cataluña. Efe

Por eso el docente que desempeña su trabajo ante los ojos de unos adolescentes que le observan y escuchan sus palabras con atención, debe esmerarse en el discurso, cuidar las formas y sobre todo la veracidad del contenido de su exposición, sin latiguillos ideológicos para facilitar el desarrollo intelectual del alumno, para que este joven pueda recomponer la información y sacar conclusiones que le permitan avanzar en sus conocimientos académicos.

Nuestro sistema Parlamentario liberal que es el mejor que existe para las relaciones personales y sociales, requiere un entorno adecuado, en donde estén presentes los valores que permitan su funcionamiento: Honradez, Respeto al otro, cumplir los Compromisos firmados, los Acuerdos, la Palabra dada, aceptar la Autoridad en la vida pública, en la vida laboral y en la familiar, saber lo que es la obediencia, respetar la Convivencia, primar la solidaridad y acatar la Ley, el Marco Legal que rige las instituciones… por mencionar algunos de esos principios de base.

Si esos acuerdos se rompen no puede funcionar la sociedad dentro de un marco de libertades, pues son los extremistas totalitarios los que en un ambiente de desorden se hacen con el control de los órganos de poder y de ahí el desmoronamiento del modelo parlamentario. Esos valores mencionados no están impresos en la persona por el simple hecho de serlo, no se nace con ellos, son el fruto de un aprendizaje civilizador, se han de impartir, se han de aprender desde la más tierna infancia. Los anclajes que conducen tales enseñanzas son la familia, la escuela y los medios de comunicación.

Nos hemos acostumbrado a imágenes delirantes de jóvenes en manifestación, con pancartas y eslóganes violentos, cargados de odio, inapropiados. La mayor parte de ellos son ajenos a lo que hacen referencia con sus gritos, sea por falta de documentación o por su inmadurez. Bajo las directrices de ciertos profesores, no se vacían las aulas para exigir la mejora de la calidad en la enseñanza o recuperar las asignaturas que más desarrollo intelectual puedan aportar, sólo se quedan sin alumnos esos centros para gritar en la calle las clásicas frases politizadas, extremistas, y hasta a veces ofensivas. Muchachas, adolescentes con el único interés de exhibir sus pechos desnudos y vociferar a todo pulmón las tesis animalistas, las feministas o las defendidas por el ecologismo, nos inquietan. La familia está perdiendo su fundamental papel educador dentro de la sociedad, su espacio empieza a estar ocupado por la tecnología, el móvil, la tablet, la televisión, los videojuegos, que no son más que distorsionadores de la realidad en muchas ocasiones y no transmiten los valores propios de una comunidad madura.
Hemos caído en manos de grupos dedicados a crear crispación, a movilizar los sentimientos, los instintos más primarios; no se busca la racionalidad, la reflexión, las decisiones mesuradas.

Ahora se atiza una falsa bondad hacia cualquier tema o individuo que no lo merece. Se es benévolo con los pederastas, se les saca de la carcel por interés político, se les reduce la pena por tener derecho a la reinserción y nadie se acuerda de los derechos del niño a poder borrar la aberración que se ha ejercido sobre su inocencia. Se jalea a una hostilidad desaforada contra las fuerzas del orden o contra cualquier otra autoridad y en frente se anima a una comprensión desmesurada para los que ejercen su fuerza delictiva, ladrones o grupos violentos.

En el Congreso de los diputados desde ya hace unos años se ha puesto en práctica toda esa moda traída y potenciada por los populismos dictatoriales, se ha consentido, se rompen las pautas que deberían regir en ese foro, se pierde el lenguaje correcto y se le vacía de la ética obligada, hasta se llega a borrar de las actas los insultos para no dar a venideras generaciones una mala imagen de la etapa democrática. Una falsa moral resucitada por la presidenta de la cámara del Congreso que rompe y adultera lo ocurrido. La democracia es la garantía de la búsqueda de la claridad, de los hechos tal cual han sucedido, del relato de la verdad y ahí entra el tercer anclaje que debe transmitir los valores, el periodismo, el llamado cuarto poder. Es el que deposita o debería hacerlo, el relato de los hechos y de las opiniones. Es el que nos debería permitir recibir información veraz, sin apaños, sin ardides, sin peajes al poder político, sin falsos titulares. Pero las subvenciones repartidas con profusión, hace algo pedregoso este medio tan importante. Cualquier anomalía en el ámbito social debe ser comunicada con la mayor fidelidad e independencia posible.

El deteriorado panorama actual es el que está privando a la sociedad de los principios imprescindibles para que la democracia liberal parlamentaria pueda funcionar con estabilidad.

No podemos dejar de lado la imprescindible revisión de lo que cuestiona o descarta los valores inherentes a la convivencia.

Ana María Torrijos

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