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BRUSELAS (BÉLGICA), JULIO DE 2018. El presidente independentista Quim Torra, un xenófobo, durante su discurso para arropar al huido Puigdemont devuelta a Bruselas, tras la retirada de la euroorden contra él. Efe

Redacción (Ana María Torrijos) – En ocasiones es conveniente interrumpir lo que ocupa nuestro tiempo libre. Pararse a meditar sobre algo acontecido que a primera vista no se le dió importancia, no por no tenerla sino porque la presión de lo que estábamos haciendo nos precipitaba a seguir adelante. Ofrecerse a esa reflexión posterior es lo más serio y responsable que se debe hacer. Tarea que se rehúye por si el balance extraído de esos escasos minutos dedicados a racionalizar hechos, frases, gestos y hasta silencios, pueda ser muy sangrante. Barcelona (España), miércoles 5 de septiembre de 2018. Fotografía: BRUSELAS (BÉLGICA), JULIO DE 2018. El presidente independentista Quim Torra, un xenófobo, durante su discurso para arropar al huido Puigdemont devuelta a Bruselas, tras la retirada de la euroorden contra él. Efe

Ahora bien, si no lo hiciéramos por esa reacción pusilánime, todo nuestro mundo de desarrollo cultural se vendría abajo. No se puede vivir sin valorar lo que emprendemos o dejamos de emprender, iríamos a tientas. Si los animales de compañía comparten nuestras casas y aprenden a actuar, qué no haremos nosotros con un cerebro de mayor capacidad.

Entonces ¿Por qué estamos hipnotizados por una espiral de “buenismo”, de lo “políticamente correcto”? Falsos conceptos instalados entre nosotros por quienes pretenden conducirnos como autómatas, incapaces de valorar lo acertado, lo justo o sus contrarios. Lo que se entiende por esas expresiones sólo lo dictan los gurús, una generación de políticos, que nos quieren atrincherar entorno a una pesada losa funeraria, cuando lo que ahora interesa y conviene es trazar proyectos de futuro.

El espacio de acción que con un gesto, digamos de generosidad, se ha cedido a los ciudadanos, está tan manipulado que distorsiona la realidad e impide sacar sabias moralejas. “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado” (Artículo 1.2 del Titulo Preliminar de la Constitución), ahora hasta la señora político de turno nos la ha negado al argumentar que reside en el Congreso de los Diputados y no matizar – por delegación de los ciudadanos -, y lo más sorprendente es que por intereses partidistas lo ha manifestado para quitar presencia y capacidad de veto al Senado, Cámara de representación territorial, elegida igualmente por los ciudadanos; ambas cámaras son piezas fundamentales para legislar y controlar al otro poder del Estado, el Gobierno. Poco podemos esperar de estos imberbes políticos, cuando hasta les falla el conocimiento de la Carta Magna si es que alguna vez se han esforzado en leerla o por lo contrario, con habilidad dañina retuercen el lenguaje para alterar la realidad.

Ante estas ausencias de calidad democrática se impone un profundo silencio, el asfixiante “buenismo” que obliga a renunciar a tomar parte en significarse, anonimato que no responsabiliza pero hace mucho daño a la libertad. Cuestionar la llegada incontrolada de emigrantes a nuestras fronteras con el deterioro consiguiente del orden público y la falta del respeto a la ley, pone en entredicho al “osado” que se atreva a indicarlo. Considerar necesario la convivencia de la enseñanza y sanidad pública con la privada, convierte al que lo expone en el centro de la diana de los improperios más feroces y tampoco quedan atrás los ataques cuando se defiende la propiedad privada frente a los okupas.

En Democracia la pluralidad es lo propio y eso implica la diferencia en planteamientos y en posibles alternativas. A estas alturas de nuestra andadura democrática, en los debates públicos imperan las consignas propias de procesos revolucionarios, y quien las redacta es la extrema izquierda populista. En esas consignas todo lo que no se ajusta a los planteamientos comunistas, es denominado “fascista” pero lo más grave es que nadie es capaz de estructurar una réplica firme para dejar claro que entre ambas ideologías totalitarias, existe un amplio espacio de posicionamientos, éstos plenamente democráticos. La ley de la memoria histórica para un sociedad, que había superado una guerra civil y el periodo de transición de un Estado autoritario a uno parlamentario, ha supuesto una vuelta al enfrentamiento y lo peor a un revisionismo de la historia. Y el “buenismo” sigue creando un vacío de opinión que socava de raíz la Libertad.

Sin minusvalorar otras carencias, lo más grave que está acechando en estos instantes a España es la puesta a juicio de su existencia como país y la desestabilización de su modelo político. Un golpe de Estado, una locura desenfrenada de individuos carentes de principios democráticos, años incubando el nacionalismo, está retando a las instituciones y poniendo en peligro la convivencia, el respeto de la ley. Y en frente ni hubo antes gobierno con el señor Rajoy ni lo hay ahora con el señor Pedro Sánchez. Buscar la causa de esta inanición plantea un interrogante: Intereses partidistas o el “buenismo” imperante.

Lo más paradójico es observar a los que también desde la trinchera y compañeros del nacionalismo en la demolición del Estado, con desenfrenados ataques a todos los valores religiosos cristianos, asaltando capillas, tildando con desprecio a la jerarquía eclesiástica, quieran ser ellos los que arropen a los desheredados y se den a sí mismos medallas de misericordia. Los tildados honestos y demócratas por el talante “buenista” , avasallando unidos los derechos individuales, atropellando la ley, retando los principios democráticos preparan la mecha explosiva que haga estallar el marco constitucional. No sería preocupante si el gobierno tuviera claro la aplicación de la ley, pero la versiones engañosas, el juego del lenguaje, vaciado de su significado o mejor dicho pervertido paso a paso, ha hecho creer que en política no tiene espacio la acción judicial.

No se cumple ni se hace cumplir la ley, la democracia es negada y los ciudadanos son abandonados en las comunidades que están lideradas por el nacionalismo, un nacionalismo en franco reto al Estado de Derecho. Proliferan los conatos sociales a medida que la impunidad se consiente.

¿Qué es lo que hace que ningún líder político, los llamados constitucionalistas, clame en serio por el respeto de la ley?
No hay que esperar mucho para obtener una respuesta. Los datos, hechos y demás atropellos a las normas, nos dan la respuesta —el mutismo frente a la inculcación de los derechos individuales—, un mutismo interesado que nos empuja por el tobogán del enfrentamiento social.

El diálogo, el consenso no tiene cabida a estas alturas del proceso. Dejemos a un lado esas palabras huecas, cargadas del “buenismo” al uso y pidamos la aplicación de la ley y tener al frente de las Instituciones a políticos, simplemente políticos con la grandeza del término.

Ana María Torrijos

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