Soledad, por Ana Maria Torrijos

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El golpista expresidente catalán, Carles Puigdemont, en una imagen archivo en su silla de presidente de la Generalidad de Cataluña en la cámara autonómica española en Cataluña Parlamento de Cataluña) Barcelona (España), actualmente preso en el centro penitenciario de Neumünster (Kiel) Alemania desde hace una semana -desde sábado 31 de el pasado sábado 24 de marzo de 2018- pendiente de su posible extradición a España, a raíz de la Euroorden cursada por la Justicia española. Efe

Redacción – Es inconcebible y de alto riesgo que desde hace años el Estado esté ausente en partes del territorio nacional. La solución está en la fiscalía, en los jueces y en la aplicación inmediata de la ley. Esta parsimonia enmascara el verdadero problema que tiene nuestro país, el continuado pero constante avance del nacionalismo. Con el Artículo 155 en marcha aunque a medio gas, los ciudadanos no secesionistas, tienen que resucitar las guerrillas de antaño para, noche tras noche, ir desmantelando los artilugios amarillos que reinan por doquier, e incluso en TV3, una televisión pública. Es como si una epidemia sin tregua se extendiera de un lugar a otro para propagar la idea de que nuestro idioma es un elemento extraño, que se ha impuesto desde un poder político autoritario y del que tenemos que prescindir. Barcelona (España), domingo 01 de abril de 2018. Fotografía: El golpista expresidente catalán, Carles Puigdemont, en una imagen archivo en su silla de presidente de la Generalidad de Cataluña en la cámara autonómica española en Cataluña Parlamento de Cataluña) Barcelona (España), actualmente preso en el centro penitenciario de Neumünster (Kiel) Alemania desde hace una semana -desde sábado 31 de el pasado sábado 24 de marzo de 2018- pendiente de su posible extradición a España, a raíz de la Euroorden cursada por la Justicia española. Efe

Desde los bramidos de los bisontes de Altamira hasta la proclama “¡Visca la República Catalana!” han pasado muchos milenios, muchos soles y múltiples lunas, la Tarraco Imperial, la ráfaga de los vándalos, alanos, suevos, la unidad recuperada con los visigodos en los Concilios de Toledo, la biblioteca de la Córdoba califal, el silencio de los claustros monacales, el grito de “Tierra” en 1492, la eclosión de las universidades, la España imperial, la guerra de la Independencia frente al francés y después de varios enfrentamientos civiles, la redacción y la posterior aprobación en referendum de la Constitución de 1978.

Un largo recorrido imprimido en el relato histórico y ahora, en el presente, un proyecto democrático enmarcado en un Estado de Derecho.

Constitución, Parlamento, partidos políticos y ciudadanos, pero se ha solapado un entramado generalizado de corrupción en beneficio de un amplio clan de vividores. Durante mucho tiempo unos y otros implicados lo han ido ocultando, pero la crisis económica sufrida, la deuda galopante del Estado y una Cataluña en banca rota, ha hecho que se hayan destapado los delitos cometidos. La solución está en la fiscalía, en los jueces y en la aplicación inmediata de la ley.

Ahora bien, cuando se entremezcla el proyecto nacionalista, la situación toma tintes más preocupantes. En él se cobijan y más aún se radicalizan los que pretenden no responder ante unos tribunales fuera de su control y por ello necesitan crear órganos de Estado con la intención de diluir sus acciones delictivas. Para conseguir ese fin cualquier método vale y muchos se han sumado a ese modelo de poder. Durante más de treinta años, ocupadas las Instituciones, han ido introduciéndose en muchos sectores sociales y eso hace difícil recuperar la pluralidad propia de una sociedad libre.

Los ciudadanos son los depositarios de la soberanía y por ello tienen que exigir que les devuelvan sus derechos, derechos soslayados en muchos ámbitos y en especial en el que se les impide emplear con toda normalidad la lengua, el español, uno de los elementos que les identifica como miembros del país. Es como si una epidemia sin tregua se extendiera de un lugar a otro para propagar la idea de que nuestro idioma es un elemento extraño, que se ha impuesto desde un poder político autoritario y del que tenemos que prescindir.

Se está acuñando en el subconsciente colectivo la idea de que su aprendizaje cualificado en las aulas no es necesario ni para ascender profesionalmente ni para opositar en las Comunidades Autónomas bilingües. Los nacionalistas ya se han esmerado en propagar esta idea. Son una minoria, pero la dejadez por parte de los que deberían haber defendido el legado patrimonial de todos, y también el oportunismo de los traficantes en cada coyuntura, han ido haciendo jaque mate a todo lo que constituye la existencia de un colectivo político, de una Nación-Estado.

La lengua es lo más sólido, lo que se ha forjado con el transcurrir de las etapas históricas anteriores al momento actual y ahora es ella la que está en declive por causa de un plan premeditado nacionalista o no. La lengua, el idioma universal, el español no es el que está en riesgo. Las fronteras han ido cayendo ante su empuje y muchos pueblos lo han adquirido como propio. Lo que está en retroceso es su presencia en España. El Pancatalismo o el término “Països catalans” desde las Instituciones con leyes contrarias a las pautas democráticas, arrasa en la Comunidad Valenciana, en las Baleares y en una zona de la franja limítrofe de Aragón. El gallego, el vascuence y ahora inicia su recorrido el bable. El Gobierno no toma medida alguna y ha dejado sus competencias en manos de los enrocados en destruir nuestro sistema político.

Es inconcebible y de alto riesgo que desde hace años el Estado esté ausente en partes del territorio nacional.

Nadie estructura un discurso contrapuesto al que cargado de falsedades ha calado tanto en ciertos sectores de la población —España nos roba, España es un Estado genocida, fascista, cutre, lleno de vagos—.

Esta parsimonia enmascara el verdadero problema que tiene nuestro país, el continuado pero constante avance del nacionalismo. Con el artículo 155 en marcha aunque a medio gas, los ciudadanos no secesionistas, tienen que resucitar las guerrillas de antaño para, noche tras noche, ir desmantelando los artilugios amarillos que reinan por doquier, e incluso en TV3, una televisión pública, están empujados a escuchar cómo se llama al involucionismo, al enfrentamiento y al desapego de todo lo hispano.

Esto ocurre sin pausa mientras todos los que confiamos en el cumplimiento de la ley, vemos al Ejecutivo con el letrero de vacaciones, ausente de su labor de gobernar. Sólo ha prestado su imagen en Andalucía, en la procesión del Cristo de la Buena Muerte.

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